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Los Redondos y los casetes que hicieron crecer el mito ricotero
Antes de llenar estadios, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ya tenían una forma muy particular de llegar a nuevos seguidores: grabaciones de recitales que pasaban de mano en mano. Algunas habían sido registradas por un amigo de la banda. Y detrás de esos casetes había una historia que explica mucho del fenómeno ricotero.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, 1978. Fotografía histórica de autor no identificado. Wikimedia Commons. Archivo: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Los_redondos_en_salta_1978.jpg
Imaginate descubrir una banda sin Spotify, sin YouTube y sin que nadie te pase un enlace.
Un amigo te presta un casete. La tapa tiene el nombre de un recital escrito a mano. Lo ponés en el equipo de música y escuchás guitarras, gritos del público y canciones que todavía no aparecen en ningún disco.
El sonido no es perfecto. A veces la voz se pierde entre los instrumentos. Otras veces se escucha más a la gente que a la banda.
Pero hay algo en esa grabación que te atrapa.
Querés escuchar más. Querés saber quiénes son. Y, sobre todo, querés estar ahí la próxima vez que toquen.
Algo de esa experiencia formó parte de los primeros años de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que construyó su identidad lejos de los mecanismos habituales de la industria discográfica.
Lo más curioso es que una parte de aquella música sobrevivió gracias a las copias que circulaban entre los propios seguidores.
Antes de los discos, estaban los recitales
Los Redondos comenzaron a desarrollar su historia durante la segunda mitad de los años setenta, vinculados a la escena cultural de La Plata.
Sus primeras presentaciones eran muy distintas de los recitales masivos que llegarían décadas después.
Había música, actuaciones teatrales, poesía, personajes extravagantes y una puesta en escena que podía incluir elementos inesperados.
El nombre Patricio Rey tampoco correspondía a un cantante que pudiera aparecer en una entrevista de televisión. Era una figura imaginaria alrededor de la cual se construía la identidad del grupo.
El Indio Solari, Skay Beilinson, la Negra Poly y los diferentes artistas que participaron de aquella etapa fueron dando forma a un universo propio.
Pero había un problema para cualquiera que quisiera conocer sus canciones: durante años, la banda no tuvo un álbum oficial publicado.
Su primer disco, "Gulp!", recién aparecería en 1985.
¿Cómo llegaba entonces su música a quienes todavía no los habían visto tocar?
Ahí entraban en escena las grabaciones informales y el boca en boca.
Los casetes que viajaban entre los seguidores
En los años previos a "Gulp!", circulaban registros de ensayos, presentaciones en vivo y canciones que todavía no habían tenido una edición comercial.
Algunos seguidores conseguían esas grabaciones, las copiaban y las compartían con otras personas.
Un casete podía pasar de un amigo a otro, llegar a otra ciudad y terminar siendo copiado nuevamente.
No era una campaña publicitaria organizada como las que conocemos hoy. Era una circulación informal que ayudaba a que la música encontrara nuevos oyentes.
Y las grabaciones tenían algo especialmente atractivo: permitían escuchar a Los Redondos en su ambiente natural, arriba de un escenario.
Con sus imperfecciones, los registros conservaban interpretaciones, comentarios y momentos que no necesariamente iban a repetirse en un estudio.
Para muchos seguidores, ese material terminaría convirtiéndose en una parte importante de la memoria de la banda.
El hombre que grababa los recitales
Y acá aparece uno de los detalles más interesantes de esta historia.
En una reconstrucción publicada en 1992 por la revista La Maga, recuperada posteriormente por el archivo Redondos Subtitulados, se menciona a un amigo de la banda llamado Osvaldo.
Según aquella crónica, Osvaldo se encargaba de registrar las actuaciones del grupo utilizando un pequeño equipo de grabación.
Mientras Los Redondos tocaban, él conservaba en cintas parte de lo que estaba sucediendo sobre el escenario.
El artículo plantea que muchas de las grabaciones piratas que luego circularon entre los seguidores podrían haberse originado en aquellos registros.
No significa que todos los casetes hayan salido de sus manos. Con el tiempo también existieron grabaciones realizadas por espectadores y registros obtenidos de diferentes fuentes.
Pero su presencia ayuda a comprender cómo una banda que todavía no tenía un disco oficial podía dejar testimonios sonoros de sus recitales.
Sin que existiera una plataforma digital, aquellas cintas permitían conservar actuaciones que, de otra manera, habrían quedado solamente en la memoria de quienes habían estado presentes.
Y algunas de esas grabaciones seguirían circulando durante décadas.
El primer disco también se vendía de mano en mano
En 1985 llegó finalmente "Gulp!", el primer álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
La banda lo había grabado en diciembre de 1984 en los estudios de Músicos Independientes Asociados, vinculados a la familia Vitale.
Lito Vitale participó en la grabación como músico invitado y colaborador técnico.
Pero lanzar el disco no significaba entrar automáticamente en el circuito de una gran compañía discográfica.
Los Redondos eligieron mantener el control de su producción y distribución.
La Negra Poly, figura central en la organización del grupo, llegó a recorrer disquerías llevando personalmente los ejemplares.
En relatos sobre aquella época, Poly recordó cómo trasladaba los discos en una valija y los ofrecía a los comercios, incluso dejándolos en consignación.
Lo que hoy puede parecer una estrategia independiente habitual era, en aquel contexto, una decisión que exigía muchísimo trabajo.
La banda no estaba esperando que una compañía decidiera cómo venderla.
Sus integrantes y colaboradores se ocupaban de que la música llegara al público sin renunciar al control de su proyecto.
El boca en boca no era solamente una forma de promoción
Con el tiempo, esa relación directa entre Los Redondos y sus seguidores se convirtió en una parte esencial de su identidad.
La banda fue desarrollando una postura de independencia frente a las grandes discográficas y una relación distante con varios mecanismos tradicionales de promoción.
Eso no significa que nunca aparecieran en la prensa o que su música jamás sonara en la radio.
El grupo tuvo cobertura de medios especializados, entrevistas y diferentes formas de difusión.
Pero su crecimiento no dependió exclusivamente de una campaña de marketing diseñada por una compañía.
Los recitales, las recomendaciones personales, la circulación de grabaciones y una comunidad cada vez más comprometida fueron elementos centrales de su expansión.
El público no se limitaba a comprar entradas.
También compartía canciones, comentaba los shows y ayudaba a mantener vivo el interés por una banda que había construido su propia manera de relacionarse con la industria.
De los casetes a los estadios
Lo que comenzó en escenarios pequeños fue creciendo hasta convertirse en uno de los fenómenos más importantes del rock argentino.
Con discos como "Oktubre", "Un baión para el ojo idiota" y "¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado", Los Redondos ampliaron su convocatoria y consolidaron una identidad musical inconfundible.
Durante los años noventa, sus recitales comenzaron a movilizar multitudes y a reunir seguidores de diferentes provincias.
En abril de 2000, la banda llegó al estadio de River Plate con dos presentaciones que mostraron la dimensión que había alcanzado el fenómeno.
El grupo que durante años había compartido su música mediante grabaciones informales y una distribución artesanal ahora podía convocar a decenas de miles de personas.
La comparación es impactante, aunque sería injusto atribuir toda esa transformación únicamente a los casetes.
Las canciones, los recitales, la identidad artística y una comunidad de seguidores que creció durante décadas fueron tan importantes como aquellas primeras cintas.
Pero el intercambio de grabaciones dejó una huella particular en la cultura ricotera.
Las grabaciones piratas se convirtieron en parte de la historia
Mucho antes de que existieran plataformas para compartir archivos de audio, los seguidores ya estaban conservando una parte de la memoria musical de Los Redondos.
Con el paso del tiempo, aquellas grabaciones comenzaron a circular en otros formatos.
Los casetes fueron acompañados y reemplazados por CD, archivos digitales, foros de Internet y publicaciones en YouTube.
Hoy existen registros de recitales, ensayos y diferentes actuaciones que permiten reconstruir momentos muy distintos de la trayectoria del grupo.
Algunos tienen un sonido de calidad limitada. Otros permiten escuchar con bastante claridad interpretaciones que nunca aparecieron en un álbum de estudio.
Y para los seguidores históricos, muchos de esos registros representan algo que ningún disco oficial podría reemplazar: el recuerdo de una noche particular.
El mito ricotero también lo construyeron sus fans
La historia de Los Redondos suele contarse a través de sus canciones, sus discos, la figura del Indio Solari, la guitarra de Skay Beilinson y el trabajo fundamental de la Negra Poly.
Pero hay otra parte que merece un lugar en ese relato.
La de quienes asistían a los recitales, conservaban entradas, compartían grabaciones y recomendaban la banda a sus amigos.
La de quienes escuchaban una cinta grabada varias veces y después buscaban conseguir otra.
La de quienes llegaron a conocer las canciones antes de tener un disco original en sus manos.
Los Redondos hicieron la música y construyeron una identidad propia. Sus seguidores ayudaron a que esa música circulara y permaneciera viva.
Quizás por eso el fenómeno ricotero no se explica solamente por la popularidad de una banda.
También habla de una forma de vivir la música en comunidad.
Porque antes de los algoritmos, las reproducciones y las playlists, había algo mucho más sencillo: alguien que te prestaba un casete y te decía que tenías que escuchar lo que había grabado.
Y a veces, de ese gesto empezaba una historia que duraba toda la vida.


