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AKRIILA no quiere elegir un género. Y ahí puede estar el futuro del pop latino
Empezó grabando desde un dormitorio en Santiago y entró por el trap. Seis años después, AKRIILA está usando guitarras, electrónica, voces deformadas y canciones que se niegan a quedarse dentro de un solo género.

AKRIILA en Madrid Pride 2025. Foto: Barcex / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
AKRIILA no arrancó tratando de inventar el futuro del pop latino. Fernanda Sepúlveda empezó a hacer música siendo adolescente en Maipú, en Santiago de Chile, durante la pandemia. Tenía una guitarra, grababa desde su dormitorio y todavía estaba tratando de entender qué quería hacer.
Su primera etapa encontró una puerta en el trap. En 2023 publicó el mixtape 001 y un año después llegó Epistolares, un disco donde ya convivían reggaetón, pop alternativo, drum and bass y una producción que podía pasar de algo delicado a algo saturado en segundos.
El truco de AKRIILA es no elegir un solo sonido
Eso se vuelve todavía más evidente en Lucy miró al mundo y notó que está girando, su segundo álbum, publicado en septiembre de 2026. Ahí el centro de gravedad vuelve a moverse: aparecen guitarras con capas y pedales, piano, flautas, bajos distorsionados, electrónica, house, techno y voces procesadas hasta funcionar casi como otro instrumento.
La mezcla no parece accidental. AKRIILA contó que prefiere conservar una toma si transmite la sensación correcta, incluso cuando una palabra no quedó pronunciada de manera perfecta. También usa Auto-Tune como un efecto capaz de cambiar el carácter de su voz, no solamente como una herramienta para corregirla.
Ese detalle explica bastante de lo que hace. En vez de separar lo orgánico de lo digital, los junta. Una guitarra puede aparecer al lado de una voz glitch. Una melodía cálida puede convivir con un bajo roto. Una canción puede empezar cerca del pop y terminar en un lugar que ya cuesta etiquetar.
También hay algo generacional en esa forma de trabajar. AKRIILA creció escuchando música muy distinta entre sí: desde el rock que sonaba por influencia de su padre hasta artistas contemporáneos de pop experimental. En vez de ordenar esas referencias por género o por época, las trata como materiales disponibles al mismo tiempo.
Por eso resulta interesante pensarla más allá de la etiqueta de “artista urbana”. Su recorrido muestra otra cosa: una generación que entró a la música por escenas como el trap o el reggaetón, pero que ya no siente la obligación de quedarse ahí.
El salto tampoco quedó encerrado en Chile. En 2026 fue portada de NME, realizó su primera gira como cabeza de cartel por Estados Unidos y llevó el universo de Lucy fuera de su país. Lo llamativo no es solamente que esté creciendo: es que lo está haciendo mientras vuelve su música más difícil de clasificar.
Tal vez ahí esté la verdadera pista. Durante años, buena parte de la música latina que consiguió circulación internacional estuvo asociada a géneros muy reconocibles. AKRIILA propone otra lógica: usar ese punto de partida y después mezclarlo con rock, electrónica, pop de dormitorio, saturación digital y cualquier sonido que sirva para la canción.
No significa que toda Latinoamérica vaya a sonar como AKRIILA. Significa algo más interesante: artistas como ella muestran que la próxima generación puede dejar de preguntarse a qué género pertenece una canción antes de hacerla.
Y si ese cambio termina convirtiéndose en una tendencia, quizás el sonido latino que viene no tenga una fórmula nueva. Quizás tenga justamente lo contrario: cada vez menos ganas de obedecer una.


